
(Este texto esta publicado en la pagina
Mil perdones a la constancia con el titulo de Reflexiones antes de los sacrificios)
Notaba como era arrastrado por el suelo, mis manos sudadas y ensangrentadas ahora yacían amarradas fuertemente, el sol cegaba mis ojos, y el sudor y la sangre impregnaban mis ropas y mi cara. Tal era mi agotamiento que no me quedaban fuerzas para
intentar des maniatarme, cosa absurda pues andaba bien custodiado por indios de la orden del jaguar, cualquier intento de escapar podría derivar en una muerte lenta y dolorosa a golpe de garrote. Ahora cansado herido y derrotado tan solo podía pensar en todo lo acontecido y en cual iba a ser mi final. Sabía que seríamos prisioneros por tiempo indeterminado, que seríamos
enjaulados con otras gentes ya fuesen cristianos o naturales, moriríamos sacrificados desmembrados y comidos para calmar la sangre de un dios pagano.
En mi mente se repetía una y otra vez el recuerdo de la batalla, Y pensaba que hasta hace un momento pude empuñar con mis manos una espada, enfurecido maduré la venganza de lo que resultaría ser mi muerte, me satisfacía la idea de haber matado en combate y con mis propias manos a tantos naturales, y me regocijaba saber que no son portadores de ningún alma, que no encontraran la paz, el descanso, ni el consuelo, como probablemente yo si hallare.
Mi espada… la que me fue cedida y regalada por el ahora fallecido capitán de la Nao Trinidad mi amigo José Antonio Azcona. Al que la suerte quiso que le salvara la vida en aguas de canarias tras el asalto de un navío portugués. Cuando desenvainado Azcona, tome su propia espada dando muerte al que podría haber sido su asesino. Ahora su regalo debía de yacer tirado en la frondosidad de esta maldita selva del Yucatán.
Pensaba en la suerte de que algún español la encontrase y cuidara como hasta entonces si hice yo. Pues es bello trofeo, con su empuñadura de madera guarnición bella mente decorada con gavilanes labrados ligeramente curvados y dos conchas encima del recazo.
La marcha se detuvo, vi como un grupo de indios portaban varas anchas y largas de madera. Una de esas varas fue cruzada entre mis brazos y pies amarrados. Con la idea de poder ser suspendido en el aire y ser portado. Los españoles que no estaban heridos serian los que transportarían a los que si lo estábamos. Yo en la lucha recibí de manos de un natural un fuertísimo golpe en la rodilla izquierda luego se cebo con mis dos tibias partiéndomelas e imposibilitándome andar.
A mis ojos, son extraños los rituales de estos hombres, y sus técnicas de lucha. A pesar de ser gentes que trabaja con sumo arte y cuidado el metal, tan solo diseñan y decoran bellísimos utensilios y joyas, pero no armas que los defiendan bien, ni armaduras que los protejan mejor. Palos y piedras es lo que enfundan y con la intención de no matar.
A cada uno de los extremos de la vara se colocó Diego a mis pies, y Alejandro a mis manos. En sus caras era visible el exhausto cansancio, y en sus miradas la ausencia de la realidad.
- - Santiago, 25 caballos muertos o sacrificados. 120 hombres caídos en combate… estos indios tras la llegada de Cortes han cambiado su forma de luchar, ahora son más sangrientos y si tienen oportunidad de matar en el terreno lo hacen. Tan solo llego a contar a 33 de los nuestros, entre españoles, africanos e indios aliados. Me hablaba con voz altiva ronca y enfadada Alejandro, un andaluz de las tierras de Sevilla. Veterano explorador tanto en la isla de la española, como en Cuba.
- - Esta oleada india ha sido feroz, cuatro horas de luchas cansan a cualquiera amigo mío. Le dije a Alejandro con la intención de consolarlo, bien era sabido el mal carácter de este hombre.
- - Ese maldito capitán Salazar, nos ha llevado a la muerte, jamás vi a peor mandatario por muy hijo de noble que sea. No se puede andar por estas selvas casi sin provisiones, y llevar a cabo tan malos actos de responsabilidad, tanto en el mando como en el combate.
Tras este último comentario Alejandro fue pateado en los riñones por un indio que portaba bellísimas plumas de quetzal. El natural reprendía al malhumorado Alejandro haciéndole el gesto de que se callara y continuase hacia adelante.
Era extraña la sensación que ahora experimentaba en mi interior, no sé si era a causa del cansancio y la fiebre, junto a las emociones vividas. De pronto caí en la cuenta de muchas situaciones.
Fui retomando mis vivencias hacia atrás, visionando cada paso efectuado en esta selva del Yucatán y en este nuevo mundo. Consciente de cuán difícil es la vida. Envidie el hecho de no saber escribir y dejar constancia de las vivencias. Ahora tan solo dios, el tiempo y las piedras serian consciente de nuestro paso. Una sonrisa que se volvía alta para la sorpresa de todos los que me observaban, delataba el pensamiento de que tal vez nosotros hemos sido los primeros hombres en pisar depende que tierras. Pero eso ¿qué valor tiene? no tiene valor pero yo me reía porque ese sería uno de nuestros logros y eso bien pensado no era poco. Pero no lo tendrá porque jamás nadie sabrá quien paso por aquí. En ningún lugar quedara reflejado que Santiago Espinosa, hijo de un contable español, paso, vivió, lucho, y murió para obra y gracia del rey, y para dios nuestro señor…
- - No, no… no es oro lo que se han embolsado nuestros bolsillos, tan solo el privilegio de ser los primeros en pisar tierras y morir en ellas. Gritaba burlonamente mientras reía divertido, exageradamente hasta las lagrimas me brotaban de los ojos. Gire la cabeza al oír las risas de otros tantos acompañando la mía.
- - ¿Tú no ríes Alejandro? Le esboce a mi portador mientras continuaba riendo. Este me miraba con ojos maliciosos malhumorado como siempre, como diciendo, este loco. Solo reían los asustados. Los indios sin embargo parecían impasibles y como arrogantes no se dignaban ni a mirar.
Pasado lo que bien podía haber sido una hora de marcha, La luz se fue abriéndose paso entre la espesura de los arboles. Poco tardamos en llegar a un espacio abierto desde donde procedía un bullicio de gente que se armo en gritos de júbilo.
Un corro de curiosos comenzó a acercarse a los pocos esclavos que quedamos vivos después de la matanza. El gentío nos acompaño hasta las cercanías de una pirámide de piedra, nos introdujeron y encerraron en una cárcel echa de troncos de maderas.
Ahora tan solo faltaba esperar el día de los sacrificios.